Nuestro Goebbels tropical

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Gerardo Soria

 

 

 

Gerardo Soria | El Economista | 18 Agosto 2015

Está en curso la consulta pública del proyecto de Lineamientos sobre los Derechos de las Audiencias que pretende emitir el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT). Como siempre pasa en la antesala de la dictadura, con palabras dulces y eufemismos, la primer garantía individual que se vulnera es la libertad de expresión. Dependiendo de la moda del momento, el pretexto es la raza aria, la patria amenazada por el imperio o, en nuestra versión pejista, el pueblo bueno apendejado por la televisión.

No niego que la ignorancia en México sea descomunal, pero para eso están las escuelas y las universidades. Pretender la “alfabetización mediática” dirigida desde el Estado (por muy autónomo que aparente ser, el IFT es un órgano del Estado y desde la ubre del presupuesto se le controla) es un triste déjà vu de los mecanismos de propaganda nazi; sutiles al principio, implacables después.

El IFT pretende enseñarnos a oír y ver la radio y la televisión. Para ellos, como para Goebbels, somos unos imbéciles que no entendemos lo que vemos ni lo que oímos. No entendemos lo que Chente dijo, necesitamos alguien que nos explique lo que quiso decir. Un grupito de burócratas iluminados pretende saber mejor que nosotros mismos lo que es bueno y lo que es malo que veamos u oigamos. Ellos no buscan otra cosa que protegernos; porque somos imbéciles, porque ellos no lo son: ellos son sabios, ellos sí saben.

En el colmo de su soberbia censora, pretenden prohibir la emisión de programas futuros de televisión o radio por la simple intención del programa, lo cual viola flagrantemente los artículos 6 y 7 de la Constitución, que prohíben expresamente la censura previa a toda manifestación de ideas y libertad de expresión.

Como Goebbels, el IFT sabe que su afán de censura no puede ser ni obvio ni burdo. Debe ser políticamente correcto y fluir con la corriente. ¿Quién puede estar en contra de que se proteja a nuestra querida lengua cervantina, a los niños, a la educación, a la cultura, a los valores nacionales, a los discapacitados? Nadie, evidentemente. Tampoco en Alemania se opuso nadie y, con esas abstracciones, aceptaron la “alfabetización mediática” (que te digan qué puedes decir y qué no) y la “suspensión precautoria de transmisiones” (que te obliguen a salir del aire), ambos conceptos expresamente incluidos en nuestros políticamente correctos “Lineamientos sobre los Derechos de las Audiencias”; así, con comillas.

Otro dictador, más cercano a nuestro mundo tropical, hizo lo mismo. En el 2004, el pajarito parlante, Hugo Chávez, a través de su eufemística Ley de Responsabilidad en Radio y Televisión, empezó a atacar a los medios porque no informaban de manera veraz y objetiva (obviamente lo veraz y objetivo era lo que Chávez decía; en nuestro México posmoderno va a ser un comité del IFT, hoy controlado por Peña Nieto, mañana, por ¿El Peje?), e incluso logró “suspender precautoriamente transmisiones” de programas incómodos, tal como pretende el IFT.

Y que no se emocionen lo defensores de las radios comunitarias y los medios sociales pensando que estos lineamientos afectan al duopolio. El bozal es para ustedes también y la correa la tendrá el poderoso en turno.

Honestamente, no creo que las aberraciones totalitarias que vemos en los lineamientos del IFT sean intencionales, o por lo menos no creo que la mayoría de los comisionados esté detrás de este engendro. Sí creo, sin embargo, que hay varios funcionarios de segundo nivel, y quizá un par de comisionados, que por ingenuidad, ignorancia o porque no creen en la democracia, pretenden callar las voces que no coinciden con sus convicciones políticas. De cualquier manera, estoy convencido de que la mejor manera de defender la libertad es ejerciéndola.

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