La buena reputación

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Desde su creación en septiembre del 2014, el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT), el órgano regulador autónomo creado como resultado de la reforma constitucional en materia de telecomunicaciones, radiodifusión y competencia económica, ha adoptado una importante gama de decisiones de distinta naturaleza, entre las que puedo mencionar, en forma general, el establecimiento de medidas específicas para los agentes económicos preponderantes; la emisión de disposiciones de carácter general; procedimientos de licitación pública; publicación de informes y estadísticas; en materia de interconexión; transición a la televisión digital terrestre; en materia de calidad de los servicios de telecomunicaciones, y procedimientos de inspección y verificación; entre muchos otros temas.

Es verdad que se trata de un cúmulo importante de decisiones, que en muchos casos tuvieron que adoptarse dentro de espacios de tiempo muy apretados o poco holgados, sobre todo en virtud de los resultados de corto plazo que era necesario mostrarle a la ciudadanía con respecto a la reforma de telecomunicaciones. Ahora bien, en este espacio y en diversas ocasiones en mi papel de legislador he sido insistente en que un órgano regulador como el IFT debe trabajar de manera permanente con el objetivo de que sus decisiones sean transparentes, consistentes y predecibles, lo que contribuye a que tengan credibilidad y a su vez permite construir una buena reputación, con regulados, inversionistas y público en general, logrando que esas decisiones tengan la efectividad que se busca. Se trata, pues, de un círculo virtuoso.

Hay ejemplos claros de instituciones que reúnen estas características o virtudes administrativas, que les han permitido ser consideradas como ejemplos de organismos con buena reputación, cuyas decisiones son consistentes, predecibles, creíbles y efectivas: en el sector de la banca central está la envidiable reputación que el Bundesbank, el banco central alemán, construyó durante décadas y que antes de la existencia del Banco Central Europeo hacía de este banco central un ejemplo para el diseño, anuncio e instrumentación de instrumentos de política monetaria. En este mismo grupo también está la Reserva Federal de los Estados Unidos. En el caso del sector telecomunicaciones está Ofcom, el regulador autónomo en el Reino Unido, que es otro ejemplo de institución que se ha empeñado en ser consistente y en darle credibilidad a sus decisiones, lo que se ha traducido en una elevada efectividad de las medidas que adopta.

Todo esto lo traigo a colación porque en lo que resta del presente año el IFT deberá adoptar una serie de decisiones de vital importancia para el destino de la reforma en materia de telecomunicaciones. Hasta ahora no se puede afirmar de manera categórica que las decisiones que ha adoptado el IFT en su corta existencia gozan de todas las características que he mencionado o se inscriben dentro de ese círculo virtuoso al que me he referido.

Existen ejemplos de decisiones en materia de interconexión y de licitaciones de espectro, incluso en su faceta de regulador que vigila la competencia en los sectores de telecomunicaciones y radiodifusión, donde puede afirmarse que no habido consistencia. Lo mismo puede decirse en materia de imposición de sanciones, como algunas relacionadas con la calidad del servicio. Existen también ejemplos de cómo el IFT ha usado de manera amplia la facultad que la Suprema Corte de Justicia de la Nación le reconoció en materia de interpretación y emisión de normas regulatorias; pero también hay casos en los que, pudiendo ejercer esa facultad, ha optado por la interpretación más simple de la ley.

En síntesis, el IFT aún tiene un importante camino por recorrer para construir una buena reputación. Lo que se traducirá en certeza para los inversionistas, pero, sobre todo, en un aun mayor bienestar para los consumidores.

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