Un cambio de repertorio

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La proximidad a la conclusión de un nuevo año tradicionalmente inspira en muchos una reflexión sobre los eventos transcurridos en los pasados 12 meses. Es un proceso donde algunos expertos analizan los eventos pasados con el mismo rigor con que un técnico de futbol identifica errores una vez concluido el partido. Es más fácil ser espectador que protagonista.

Contrario a esta tendencia, para mí la conclusión de un nuevo año en el sector de telecomunicaciones me llena de sorpresa, nerviosismo y hasta un poco de miedo. ¿Cómo es posible que todas las predicciones de cataclismo no se hayan cumplido en la industria? ¿Qué pacto diabólico que desconocemos nos ha librado de regresar a vivir en las cavernas? ¿Cuál será el costo que tendremos que pagar en los próximos meses por no haber cumplido con la receta que dadivosamente nos impartieron para combatir el mal de la desconexión? ¿Acaso los modelos extranjeros llegaron a ser implementados y no nos dimos cuenta?

Sin embargo, el año concluye y los cuatros jinetes del apocalipsis aún no se han aparecido. Esto no implica que muchas de las críticas hechas a los distintos actores del sector de telecomunicaciones a nivel local y/o regional no hayan sido merecidas. Tal parece que el estereotipo del latinoamericano pasional se ha hecho presente al inundar con un poco de drama varias de sus predicciones.

Pocos pueden negar que en América Latina hacen falta más conexiones de banda ancha de alta velocidad o que se incremente el porcentaje de la población que tienen acceso a conexiones de fibra óptica. Tampoco es descabellado pensar que va en detrimento del desarrollo regional la falta de disponibilidad de cursos técnicos que promuevan el desarrollo de conocimiento en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) para evitar una escasez ante el incremento en demanda por este tipo de profesionales en los próximos años.

Asimismo, es importante reconocer que aún existe la mala tendencia regional de manipular estadísticas para presentar una realidad en papel muy distinta a la que se vive día a día en la región. Esto ocurre ya sea con comparaciones ridículas que no hacen ningún tipo de sentido o dando prioridad a aquellas estadísticas que presentan un buen panorama, pues se construyen bajo los parámetros definidos por el interlocutor.

Nuevamente puedo pecar de estar centrándome demasiado en los clichés existentes sobre los latinoamericanos, al pensar que el realismo mágico ha traspasado sus fronteras literarias para hacerse presente en informes sobre el progreso de las telecomunicaciones. Quizás esto sirva para explicar por qué ciertos documentos sobre la región se me hacen tan parecidos a narraciones fantásticas provenientes del sur.

La diferencia es que mientras nuestros cuentistas, novelistas y poetas maravillaban al mundo con su obra (aún aquellos excesivamente criticados en sus países de origen) en el mundo de las telecomunicaciones nada oriundo de América Latina parece tener valor o sentido. Hace muchos años conversaba con un viejo amigo que me decía que odiaba el término tropicalizar, utilizado constantemente en presentaciones y simposios. En aquella ocasión, me dijo que no podemos subestimar el valor de las palabras si nuestro objetivo es progresar. Podemos mirar otros rumbos y rescatar lo que nos pueda servir, pero el camino hacia el futuro sólo será lo suficientemente estable cuando lo construyamos nosotros mismos.

Estoy convencido de la sabiduría de estas palabras; es por esta razón que en más de una ocasión durante los pasados meses me pronuncié contra todo aquel que critica sin presentar una solución a los problemas que vayan más allá de mirar a tal o cual mercado. Hasta que esto no suceda, sólo espero en el 2017 escuchar muchas de las mismas historias de horror narradas en el 2016. Dudo mucho que haya cambio de repertorio en algunos de los expertos.

*/ Jose F. Otero es director de 5G Americas para América Latina. Esta columna es a título personal.

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