Mentirillas del presidente

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2018-12-04

Ya habíamos visto en sus distintas facetas como candidato que el hoy presidente López Obrador estructuraba mensajes, críticas o incluso ofertas de campaña, a partir de utilizar de forma imprecisa, incompleta o incorrecta, algunos episodios de la historia de nuestro país o algunas comparaciones de lo que ocurre o se hace en nuestro país, frente a lo que ocurre o se hace en otros países. Ahí está el caso del avión presidencial, que nos repitió hasta el cansancio que ese avión no lo tenía ni Obama, y después ajustó para decir que ni Trump. Quienes se hayan tomado la molestia de revisar el tema del costo de los aviones presidenciales se darán cuenta de que en realidad los comparativos caían en el exceso.

Lo mismo ha ocurrido con su narrativa de la política agropecuaria de México, sobre la que cuestiona el enfoque de los gobiernos de los años 90 para acá, frente a la política que se vivió en México entre los años 60 y 80, por ejemplo. Quienes conocen la historia del sector agropecuario en nuestro país saben que el análisis de lo que ha venido ocurriendo en este sector en los últimos 30 años no puede sobre simplificarse.

Y así, ejemplos hubo varios, pero muchos pensábamos que ese recurso era propio de su faceta como candidato y que quedarían atrás una vez que asumiera el cargo. Sin embargo, me llamó la atención que en su discurso ante el Congreso de la Unión —durante la parte que dedicó a criticar lo que él llama el “neoliberalismo” y a los gobiernos que utilizaron políticas económicas que también encasilla en ese concepto, frente a lo que se hizo en México entre los años 30 y los 70, que él considera como ejemplo de buenas políticas—, mencionó lo siguiente: “En la época de la llamada, o del llamado desarrollo estabilizador, o compartido, que va de los años 30 a los 70 del siglo pasado, los gobernantes no se atrevieron a privatizar las tierras ejidales, los bosques, las playas, los ferrocarriles, las telecomunicaciones, las minas, la industria eléctrica ni mucho menos a enajenar el petróleo, pero en estas últimas tres décadas las máximas autoridades se han dedicado, como en el Porfiriato, a concesionar el territorio y a transferir empresas y bienes públicos, e incluso funciones del Estado a particulares nacionales y extranjeros”.

De los casos que mencionó, destaco dos: las telecomunicaciones y la industria eléctrica. En el primero, los gobernantes “no se atrevieron a privatizarlo” porque simplemente era un sector que esencialmente era privado. La empresa Teléfonos de México surge de la fusión de dos operadores distintos, uno controlado por la estadounidense ITT y el otro, por la sueca Ericsson, fusión que tuvo lugar a finales de los años 40. Fue hasta 1972 que Telmex se convirtió en empresa de participación estatal mayoritaria.

Algo parecido ocurre con el caso de la electricidad, pues si bien es cierto que la Comisión Federal de Electricidad se creó en los años 30, cuando en México ya había varios operadores privados, hay que señalar que convivió durante esos años y hasta 1960, con varios de esos jugadores privados. En 1960, la CFE generaba 54% del total de la electricidad generada en México. Fue a partir de ese año que se hizo cargo de la generación de 100 por ciento.

Así que no es verdad o es incorrecto que el presidente señale que los gobernantes de la época que a él le gusta no se atrevieron a privatizar estas empresas, cuando lo que vemos es que en realidad lo que predominaba era la participación de inversionistas privados en ambos segmentos.

Se trata quizá de dos afirmaciones apartadas de la verdad, que para muchos podrían ser una minucia, pero la cuestión es que no podemos permitir que se destruya o desvirtúe alguna política, difundiendo información incorrecta. Hay que cambiar ese chip.

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