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Al martirio

vía El Financiero.

Lo único que le queda a López Obrador, que creo que era en realidad su intención desde el inicio, es perpetuarse en el poder, dice Macario Schettino.

Decíamos el lunes que el intento de López Obrador de pasar a la historia parece estarse cumpliendo, pero en una dirección opuesta a la que esperaba. En materia económica, lo comentamos, sus resultados son muy malos, y amenazan con llegar a una crisis fiscal similar a las vividas hasta hace poco más de 25 años. Nada que celebrar ahí.

En cuestión de infraestructura, todo se ha concentrado en la construcción de las tres ocurrencias presidenciales: el aeropuerto que sustituiría al que él canceló, que no tiene ninguna utilidad, la refinería y el tren, que no entrarán en funcionamiento en este sexenio, y cuando lleguen a hacerlo no producirán ganancias relevantes. Tampoco se hizo historia en este rubro.

En política social, la destrucción de los programas modernos, como Progresa-Oportunidades-Prospera y el Seguro Popular, ambos muy exitosos y celebrados a través del mundo, para ser reemplazados por la política asistencialista de antes, pero ahora además con carácter universal, garantiza la perpetuación de la pobreza. El más popular de sus programas, la pensión no contributiva (programa de los viejitos, decíamos hace 20 años), ha ampliado la desigualdad en seguridad social, porque para hacerlo rápido iniciaron con los padrones de adultos mayores que ya tienen pensión contributiva (IMSS e ISSSTE). Los demás programas no sirven para absolutamente nada, más allá de conseguirle algunos votos a López. Es también un fracaso, si de hacer historia se trataba.

La mayor destrucción es institucional, como es sabido. Desde el desmantelamiento de la reforma educativa, que desapareció el Instituto Nacional de Evaluación de la Educación, pasando por la humillación de la CNDH, la CRE, la CNH, o el aplastamiento del IFT y la Cofece, todo el moderno andamiaje institucional, diseñado para quitar poder a un Ejecutivo unipersonal (y por lo tanto, proclive al error), ha sido derruido. De la actitud lacayuna de los diputados, de un puñado de ministros de la Corte, de unas decenas de senadores, mejor ni hablamos. Tal vez sea histórico su sometimiento, pero eso no hace historia.

Queda la elevación del Ejército a entidad plenipotenciaria. Ahí sí hay un punto de inflexión, una transformación secular. El Ejército puso y quitó presidentes durante 50 años, después de la Independencia. Encaramados en él fueron poderosos Santa Anna, Juárez y Díaz, hasta que este último logró dominarlo. A su renuncia, ese Ejército fue derrotado por los alzados, que lo reemplazaron, y costó poco más de 20 años volverlo a dominar, entre Cárdenas, Amaro y Ávila Camacho. En aquellas ocasiones, el poder del Ejército provino de enfrentamientos internos, guerras civiles. Hoy es un regalo de quien llegó al poder sin capacidad para ejercerlo.

Rodeado de incapaces, sin ideas claras ni programa, destruyendo instituciones, López Obrador ha visto cómo se le va el tiempo sin dar resultado alguno. Si no se derrumbó se debió a la pandemia que, como él mismo dijo, le cayó como anillo al dedo: le permitió culpar al Covid de todos los males que sufría su mala administración, e incluso convencer a los mexicanos de que él los salvó trayendo vacunas. Los dos años de prórroga se le terminaron, y nos regresamos a como estábamos la semana previa al confinamiento, a ese artículo que escribí el 6 de marzo de 2020: “Se acabó”.

Sin posibilidad ya de pasar a la historia, lo único que le queda a López Obrador, que creo que era en realidad su intención desde el inicio, es perpetuarse en el poder. Ya no directamente, sino por interpósita persona. Eso, sin embargo, tampoco ocurrirá, y él lo sabe. Por eso está preparando la última posibilidad: el martirologio de la crisis total.

Si usa usted esa óptica, hay muchas cosas que adquieren sentido.

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