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Morbo y muerte (tecnología en el acoso)

Ingrid Motta

La agresión escolar no es un tema espontáneo, mucho menos en entornos adolescentes en donde la mezcla de ajustes hormonales, psicológicos, que se incrementan con la presión social con la que usuarios de redes sociales han hecho de las plataformas tecnológicas un escaparate de irrealidades y batalla de protagonismos.

El pasar a la historia, no importa cómo, ser el protagonista, así como lo están haciendo otros, de forma instantánea, encontrar el instante que los lleve automáticamente a la fama, es el sueño de cada vez más personas y mucho más de adolescentes que viven inmersos en sus dispositivos electrónicos, alejándose cada vez más de la interacción social.

El entorno no les ayuda, muchos de sus propios padres prefieren verlos distraídos en algo, que discutir con ellos en temas de comportamiento y educación, llegando a un punto que el adolescente entra en un estado de profunda rebeldía si se le quieren imponer horarios de uso de dispositivos, enojo, aislamiento, rompimiento en la comunicación y  pérdida de autoridad por parte de los padres.

La violencia se traslada a las escuelas ya no sólo de manera física al intimidar a compañeros con comportamientos agresivos, sino en una intimidación always on que en un aparente inicio de acto inocente, se va degenerando y migrando de acoso escolar hasta acoso digital o ciberbullying, en donde la humillación al “más débil” ya no tiene horario escolar, ni barreras de supervisión adulta, por lo que la persona acosadora ya no encuentra límites en su comportamiento perverso y dañino hacia el otro.

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Norma Elizabeth, la joven de 14 años, sufrió agresiones mucho tiempo antes de su muerte el 13 de marzo. Compañeras mayores que ella la acosaron dentro y fuera de la escuela. El caso fue creciendo al grado que una de las acosadoras la citó el 20 de febrero a una pelea a la que Norma acudió para finalmente poder librarse de ser constantemente sometida. Asistieron otros compañeros de la secundaria, con sus celulares preparados para grabar la contienda, sin intención de evitarla y mucho menos frenarla, eso lo hizo una patrulla que pasaba y que encontró a Norma ensangrentada y abandonada en el suelo por un grupo de adolescentes que salió huyendo.

Los videos están ahí, donde se planearon para ser transmitidos, en redes y plataformas sociales. Una adolescente murió mientras los demás grababan su agresión para compartirla masivamente. Norma no se muere sola, la familia como institución, la sociedad y la humanidad se muere con ella.

Las herramientas tecnológicas no fueron creadas para un uso perverso, es el usuario quien decide cómo utilizarlas. Si los padres abandonan a sus hijos y desatienden sus actividades, permitiendo que se aíslen en una adicción en sus dispositivos electrónicos, limitando su relación con ellos solamente a través de la pantalla, desconocen los contenidos que generan o consumen y normalizan su cambio de comportamiento de amable a agresivo y aislamiento como un tema de cambios hormonales y psicológicos por la edad que atraviesan. Están abandonando a sus hijos desde dentro de casa.

La hiperconectividad merece la implementación internacional de un plan y no sólo el desarrollo de iniciativas que analicen los derechos y responsabilidades que deben adquirir gobiernos, academia, y sector privado para garantizar el respeto a los derechos humanos y a la convivencia social y digital, desde una perspectiva social, psicológica y económica.

#JusticiaParaNorma

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