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vía La Lista News.

El deporte se encarga de hablar por nosotros y de nuestra realidad colectiva, para confirmar que toda sociedad tiene el gobierno y la selección de futbol que se merece.

Jugadores mexicanos talentosos, tal vez polémicos, pero que han demostrado un buen desempeño desde su posición para la construcción de un equipo orientado a resultados. Sin embargo, está comprobado y en diferentes escenarios que México nunca logra pasar a la ronda final.

Jugamos como nunca y perdemos como siempre.

¿Por qué aferrarse a un delantero naturalizado que no pasa su mejor momento y dejar fuera al mexicano que está triunfando en Holanda? ¿Por qué eliminar a los periodistas, críticos e intelectuales?

Son símbolos de desconcierto de la condición aparentemente irracional de líderes de dos actividades públicas indisociables como la política y el deporte, para poder entender la naturaleza cultural de una misma sociedad.

Una eterna competencia que ha traspasado históricamente afinidades en la búsqueda de priorizar intereses económicos y personales por encima del bienestar común. En la alineación solamente están a quienes se les pueden confiar tareas estratégicas que garanticen el triunfo del poder; los que no, simplemente son eliminados del equipo.

En México, la constante es la corrupción, un problema sistémico del fenómeno de masas. Un reflejo de la sociedad misma que no puede ser aislado de ningún ámbito de la vida social.

Ni bien entrenados, ni con capacidad de reconocer las fortalezas naturales de un México rico en talento, cultura, pasión, y por supuesto recursos que lo harían un líder mundial no solo en lo futbolístico, sino en biodiversidad, energía sostenible y minería, pero que irónicamente se hunde en la informalidad, que se traduce en pobreza económica y también futbolística.

Los Tatas. Uno sabe que no logrará ningún resultado en la contienda; el otro también manda a la banca a los jugadores que pudieran haber hecho la diferencia, si no para ganar, por lo menos, evitar una demolición institucional. Ninguno lo logra.  

De nada vale pagar el viaje de 11 jugadores y su equipo técnico a una justa mundialista, que de millones de mexicanos acarreados que no saben el objetivo que se persigue.

Tanto en la política, como en el futbol mexicano, lo único que cambia es el escenario. Resalta la improvisación y la exhibición de las consecuencias de agentes corruptos con total desconocimiento de que en la era cibernética, todo queda expuesto, y fácilmente puede ser exhibido.

La marcha narcisista es un show de ego que, desde un plano político, adoraría verse reflejada en los números de audiencia de un evento deportivo, como el mundial. Sin embargo, en ambos eventos los resultados serán los mismos: los mexicanos destacaremos como siempre, por nuestro espíritu gregario listo para echar desmadre, en cualquier escenario masivo.

Así el deporte se encarga de hablar por nosotros y de nuestra realidad colectiva, para confirmar que toda sociedad tiene el gobierno y la selección de futbol que se merece.

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