Ícono del sitio IDET

El bulevar de los sueños rotos: estos han sido los mayores fracasos tecnológicos de la década

2019-12-31

Diez años después, algunas de las promesas tecnológicas que estrenaron al compás de la década terminaron por no despuntar tanto como esperábamos. Repasamos los productos y tendencias que acabaron mucho peor de lo que en un comienzo prometían.

Repasamos los principales chascos que estuvieron ahí en un primer momento prometiendo cambiarlo todo pero que, por muy diversas razones, bien han cerrado la década con una perspectiva igual o peor de la que la comenzaron, o bien desaparecieron en un breve estrépito de irrelevacia sin lograr absolutamente nada.

En diez años en los que se abrieron paso los drones, tablets, los wearables, los vehículos movilidad personal –eléctrica y compartida–, la biometría, la nube, la nueva oleada de la inteligencia artificial, el imperio FACEBOOK y otros cuantos productos y tendencias, clasifican alto en la escala del fracaso algunas de las principales propuestas de Google, Microsoft y otros tantos.

Google+

Presentada en 2011, Google+ supuso el gran intento de Google por la creación de una red social como dique al imparable crecimiento de Facebook como plataforma. Muerto viviente durante años, echó finalmente el cierre este 2019, apresurado tras una filtración no revelada que expuso los datos de cerca de medio millón de usuarios.

Aunque fue recibida con un cierto optimismo y llegaba con nuevas ideas como los círculos –en los que podías ‘seguir’ a otros en base a categorías personales–, acabó como un engorro para muchos, creando cuentas en la red social a partir del correo de Gmail o los canales de YouTube y sin previo aviso. Tampoco impidió que FACEBOOK creara el tremendo imperio de la publicidad online con una salud excelente que es hoy, sino que esta ha puesto además a flote y en primerísima línea toda una batería de botes salvavidas a los que pivotar según la tendencia.

Como ha pasado históricamente con otras propuestas de Google, la huella de la red social del +1 permanece, como su predecesor Wave con la herencia de Google Docs. Tras el *spin-off* de Google Photos, esta es ahora una de las aplicaciones más útilizadas incluso más allá del ecosistema de Google.

Las alternativas móviles: Windows Phone, webOS y Firefox OS

iOS y Android son los dos grandes sistemas operativos móviles que han sobrevivido a la década. Y no precisamente por ser los únicos en intentarlo. Microsoft probó suerte con Windows Phone, quemando miles de millones de dólares en su transición desde un previo Windows Mobile. Palm, y más tarde HP, lo intentaron con webOS. Mozilla, por su parte, probó suerte en el tramo más asequible con Firefox OS.

Microsoft llegó tan lejos en su lucha por el smartphone como hasta la compra de una estratégicamente cercana Nokia en 2013, con una inversión de nada menos que 7.200 millones de dólares. Esto no ayudó a los de Redmond a recuperar su máximo histórico, situado en el 3,6% de cuota en el mercado de smartphones. Tres años más tarde y ya en 2016, Microsoft se deshizo de la división móvil.

A comienzos de 2019, Microsoft retiraba silenciosa pero finalmente el soporte a las última versión de Windows Mobile –su tercer nombre–, recomendando además “a los consumidores que cambien a un dispositivo con iOS o Android”. El propio Bill Gates reconoce ahora que perder frente a Android fue “el mayor error de la historia” de Microsoft.

Palm es reconocida por muchos como una de las adelantadas, a la par que incomprendidas, a esta época. Dejó huella con su versión de webOS, ya en la Palm Pre por allá por 2009, con una implementación de la navegación por gestos más que familiar y precursora de la actual de los móviles de hoy. Sin mucho éxito, pasó a manos de HP en 2010 y posteriormente a las de LG en 2013, para utilizarlo en su ecosistema de domótica, especialmente Smart TVs.

Por último, Mozilla tuvo también su ración de amargor de la mano de Firefox OS, un sistema operativo enfocado especialmente a terminales de bajo coste y para economías emergentes que, a pesar de los esfuerzos de socios como Telefónica, no llegó a despegar. Los smartphones a 25 dólares llegaron finalmente, aunque no de la mano de Firefox, sino sobre KaiOS, que es ahora el tercer sistema operativo conectado en términos de adopción.

HTC, Nokia y BlackBerry

Pero si hay tres grandes fabricantes que empezaron la década muy bien, y acabaron muy, muy mal, esos son HTC, Nokia y BlackBerry. Cada uno de ellos con un acercamiento distinto sobre cómo atacar y vencer en la era del móvil, las tres se vieron arrolladas por una competencia que, por el motivo que sea, ofrecía lo que ellos no daban.

HTC es un caso sin duda especial para unos cuantos. Disputaba la corona a Samsung por ser el referente del smartphone Android con el HTC One de 2013. En sucesivos intentos, la taiwanesa fue perdiendo el pulso y la relevancia suficiente como para destacar entre una floreciente miríada de competidores con buen producto y a un precio más competitivo. Poco a poco, se fue desviando hacia nichos más arrinconados de los que no ha vuelto a su senda, como el móvil blockchain o las gafas de realidad virtual HTC Vive en multitud de versiones. Hace un par de años, Google se hizo con una parte de la empresa y 2.100 empleados que pasaron a su división de hardware.

Nokia, por su parte, tras gozar de una cómoda posición durante las primeras décadas del móvil, difícilmente podía mejorar. Efectivamente, no lo hizo. Tras firmar un acuerdo con Microsoft en 2011 para incorporar Windows Phone en exclusiva, fue adquirida por esta en 2013, y posteriormente vendida a HMD Global, quien prueba mejor suerte de la mano de Foxconn con móviles basados en Android y bajo esta marca.

RIM, los dueños de BlackBerry, tampoco supieron o pudieron adaptarse a la era del smartphone. Tras insistir con el teclado físico, vieron diezmada la cuota de su sistema operativo propio, dejando de fabricarlos. Tras presentar sus primeros smartphones con teclas basados finalmente en Android ya en 2015, no han conseguido recuperar la tracción, ni parece que vayan a hacerlo soltando las teclas.

Los tablets Android

A comienzos de década Apple sujetaba el mercado de tablets fuertemente, tras desvelarlo a comienzos de 2010. Poco después surgían decenas de alternativas de todo tipo y coste, que fueron haciendo mella en su cuota de mercado. Hoy, si bien Apple no ha recuperado las cifras de entonces –coloca un 25% del total en Europa, Oriente Medio y África–, la cosa es bien distinta en su uso.

El iPad de Apple consolida en sus distintos segmentos –mini, estándar, Air y Pro– como la opción por defecto y más recomendable en la inmensa mayoría de situaciones. Esto hace que el ecosistema de aplicaciones propias para este formato sea prácticamente inexistente fuera de él. Tanto que hasta Google, que solía distribuir sus tablets Nexus y posteriormente Pixel, dejara de venderlas sin mayor aviso.

Esto tiene tanto a Samsung con sus Galaxy Tab como a Huawei con sus MediaPad, los dos grandes en telefonía, recogiendo la inercia de renovación de dispositivos móviles en estos formatos. Ambas siguen actualizando varias líneas de producto que recogen un buen intento a nivel de hardware pero se mantienen muy atrás en los usos específicos del tablet.

El explosivo Galaxy Note 7

La historia y evolución de la línea Galaxy Note no ha venido precisamente rodada a lo largo de todo su recorrido. Los Galaxy Note 10 cuentan con un hueco privilegiado en el catálogo de Samsung, pero no han llegado hasta ahí por arte de magia. Tras unas primeras versiones muy discordantes y llamativas, la línea con S Pen fue, generación a generación, labrando su hueco en el mercado e incluso modificándolo.

Tras un Galaxy Note 5 que no llegó a España y un Galaxy Note 6 que nunca existió –hubo un salto en la nomenclatura–, el Galaxy Note 7 llegó a las tiendas como una de las peores noticias para Samsung. El terminal comenzó a sufrir combustiones internas en decenas de unidades, por un defecto de fabricación imperdonablemente extendido en sus baterías. La alarma no tardó en saltar, obligando a la marca a realizar el temido recall de un producto que se ganó la atención del gran público y la prensa generalista, acabando prohibidos por buena parte de las aerolíneas comerciales.

¿La causa? Unas baterías defectuosas, de dos formas distintas que se dieron la mano en la misma generación de terminales. Aunque estos se reeditaron en una ‘Fan Edition’ con una batería algo menor para venderse en mercados secundarios muchos meses después, el impacto económico para los coreanos se estima entre unos iniciales 3.000 y hasta los 17.000 millones de dólares a lo largo de toda la vida del producto.

El teclado mariposa

Mecanismo de tijera (izquierda) vs. mecanismo de mariposa (derecha).

En 2015, Apple presentó el MacBook a secas. Un pequeño y delgadísimo portátil gracias al teclado con el novedoso mecanismo de mariposa, con un perfil y recorrido mucho menor. Pero el que fue uno de los últimos diseños de Jony Ive en Apple, llegó como un dolor de cabeza para un buen número de los usuarios de sus portátiles.

Y es que estos teclados, pronto a bordo de los renovados y ligeros MacBook Pro en 2016 y MacBook Air en 2018, veían en algunas unidades alguna tecla morir sin aviso previo. Tras recomendar al usuario cómo soplar aire comprimido sobre estos modelos para hacer volar la causa –que sitúan en la entrada de pequeñas partículas de polvo– y mejorar el teclado en varias ocasiones sin hacer desaparecer el problema por completo, reconocían finalmente el problema y anunciaban en 2018 un programa de reparación de estos teclados sin coste para el usuario.

Finalmente, con el reciente MacBook Pro de 16 pulgadas llegaba de nuevo el tradicional mecanismo de tijera, con un diseño de nuevo más grueso pero también con una mayor batería y potencia que nunca a bordo. Muy probablemente, este ejemplo se repetirá a lo largo del resto del catálogo de portátiles de Apple próximamente.

Los smartwatches, salvo el Apple Watch

Moto 360

Esperado durante años, el reloj conectado de Apple llegó en 2015. No fue el primero, pero sin duda sentó las bases de lo que un smartwatch podía hacer. Google lo intentó con Android Wear –ahora Wear OS–, aunque los primeros fabricantes en intentarlo pronto acabaron espantados del ecosistema. De Motorola con su Moto 360 a Huawei con su línea Watch –que marchó a su sistema operativo propio– e incluso Pebble o ahora Fitbit, asistieron con dolor a la falta tanto de hardware competitivo como del software y el ecosistema de aplicaciones necesario para aportar valor.

Si bien Samsung comienza a salvarse con sus últimas propuestas basadas en Tizen, las alternativas al Apple Watch suponen una cesión en la experiencia que bien vale un gran descuento y por tanto peores calidades, e incluso dejar pasar completamente este tipo de soluciones. Como contrapunto, Apple también tuvo su ración de fracaso con los Apple Watch Edition, que subían el nivel en materiales con precios de hasta 17.000 dólares, de los cuales apenas vendieron “unas pocas decenas de miles”.

Hyperloop

Seis años han pasado desde que hacia finales de 2013 que Elon Musk revolucionara el transporte público-privado. Sobre el papel, al menos. Poco a poco, la idea original de un Hyperloop a 1.200 kilómetros por hora, se ha ido torturando hasta quedar en lo que muchos catalogan ya como puramente humo.

La idea “open source” tras el invento son cápsulas en levitación magnética con una relativamente pequeña sección transversal –bajos costes de excavación– en túneles con vacío parcial –baja resistencia al aire– iba a permitir conectar los continentes entre sí con tiempos de viaje hasta ahora ni siquiera soñados. ¿El conflicto? Que toda una serie de limitaciones técnicas lo acercan al renacer de algo que ya existe: un metro rápido, pero difícilmente justificable en términos económicos. Y de momento mucho más lento de lo prometido.

The Boring Company

@boringcompany

The Boring Company Loop system

O algo todavía peor. El resultado patente hasta ahora, tras múltiples competiciones y sistemas probados a pequeña escala es, por la parte que le toca a The Boring Company –otra de las empresas bajo mando de Musk–, básicamente un túnel en el que llevar el coche adaptado con patines para evitar los atascos en superficie.

La energía nuclear

Nos guste más o menos, lo cierto es que nos encontramos en una situación de emergencia climática en la que más nos vale recortar nuestras emisiones de gases de efecto invernadero para mitigar el impacto del calentamiento global. Sin sistemas de almacenamiento energético asequibles, las renovables todavía no son la escapatoria: dependes de que haga sol, aire, o llueva, pero qué pasa cuando es invierno –o está nublado–, hay sequías o no sopla el viento. La respuesta, hasta ahora, ha sido quemar carbón, gas y petróleo. A pesar de sus residuos –mucho más reducidos en las centrales más punteras actualmente–, la energía nuclear es una de las alternativas más limpias, al nivel de la eólica en términos de emisiones.

El segundo evento que marcó a esta industria fue el tsunami que azotó a Japón el 11 de marzo de 2011. Este seísmo, de magnitud 9.1, y sus efectos destruyeron la central nuclear de Fukushima Daiichi, originando la segunda mayor catástrofe nuclear de la historia y la única en compartir la catalogación INES 7 con Chernóbil. Si bien tras este evento apenas hubo costes personales directamente asociados con la radiación, frente a las cerca de 20.000 muertes por el resto del terremoto, la percepción sobre la energía nuclear había vuelto a colapsar cuando más se necesita.

Tras esta catástrofe, las centrales nucleares han sido reforzadas en términos de seguridad para contener este tipo de eventos altamente improbables pero catastróficos. Actualmente, muchos países desarrollados enfrentan la presión de los lobbies antinucleares bajo el acecho del llamado “apagón nuclear”. En España se suceden constantes retrasos ante el cada vez más difícil punto de no retorno de 1,5º sobre la temperatura media de la Tierra. En esta década y nivel global, apenas se ha añadido contribución nuclear a un mix energético cuyo volumen no para de crecer, aumentando las emisiones

La privacidad

Google

El boom de internet, la digitalización y el procesado de los datos suponen toda una nueva revolución industrial que trae facilidades, progreso y todo un mundo de posibilidades. Todo eso está bien, pero de la mano de la irrupción del smartphone y el auge de aplicaciones de seguimiento como el reconocimiento facial o el fingerprinting web, ponen en un aprieto algunos de los derechos de los ciudadanos en casi cualquier aspecto de su vida digital.

Esto se ha hecho más que patente a lo largo de una década en la que la privacidad se ha convertido más en una suerte de ilusión a cuyo ataque ponemos unos paliativos más bien modestos. Casos como el de Cambridge Analytica, el del colectivo musulmán Uygur en China o las constantes filtraciones de datos en Google, Facebook y otras muchas compañías no hacen más que certificarlo.

De momento, las multas milmillonarias no parecen estar corrigiendo el problema. De hecho, los 5.000 millones de récord impuestos por la FTC a Facebook fueron incluso bien recibidos en bolsa. No está nada claro que se vea la luz al final del túnel, pero podemos esperar que herramientas como la privacidad diferencial y regulaciones a la altura, como el reciente RGPD europeo, pongan un dique ante un problema que, de momento, solo parece ir a más.

Las TV curvas y el boom del 3D

Corría el cierre de 2009 cuando Avatar llegó a los cines. Una década después, ya no hace ni falta poner el último clavo en el ataúd del contenido en tres dimensiones. El 3D está muerto desde hace años en occidente. La industria del entretenimiento también se topó con un hueso duro de roer en el 3D.

Los intentos por llevar la sensación de profundidad al espectador arrastró a varios sectores a un punto ciego poco agradable. El 3D llegó a las productoras y a los cines, y pronto a los salones de quien quisiera o pudiera permitírselo. Más tarde, al de los más despistados que aceptaban como característica un 3D que nunca llegó a competir de forma atractiva con el contenido tradicional en términos de calidad de imagen y experiencia. De hecho, LG llegó incluso a intentar hacerlo cuajar en el smartphone con el Optimus 3D con su pantalla y doble cámara.

Algo similar sucedió al espacio de las televisiones curvas, aunque sin duda la experiencia fue menos dolorosa para el sector audiovisual. En otra de las tendencias de venderlo simplemente porque a nivel técnico ya era posible hacerlo –lo cual también llegó al smartphone con los LG G Flex y el Galaxy Round–, se fue tal y como llegó: sin pena ni gloria.

Los primeros intentos de realidad virtual y aumentada

Desde mediados de la década, los headsets de realidad virtual y cascos, gafas y aplicaciones de realidad aumentada vienen dibujando un futuro cada vez más realista, integrado y útil. Pero lo cierto es que los primeros intentos todavía no han llegado a cuajar de forma amplia en el gran público.

Y si no, que le pregunten a Google con sus Glass, a Magic Leap con su primer modelo comercial, a Microsoft con sus HoloLens o a HTC con sus últimas Vive. No se trata tanto de un estrépito como tal, sino más bien que esta realidad mixta está tardando más de la cuenta en despegar de forma efectiva. Y por el camino, los precios se mantienen altos en lo que solo puede apuntar a un nicho común a las grandes propuestas en este sector: el profesional.

En cuanto a la realidad virtual para entretenimiento, sí vemos un gran despliegue de medios. Desde HTC de la mano de Steam –hasta que se independizó con su Index– hasta Oculus bajo el paraguas de Facebook –quienes probablemente esperaban esa explosión generalista todavía por llegar–, pero sin olvidar tampoco lo que se viene: las gafas de realidad aumentada que se esperan de la mismísima Apple aterrice el próximo año.

La realidad virtual y aumentada puede ser parte del futuro, pero como otros muchos sectores, se ha encontrado con un despegue inicial en el que todos los grandes han querido estar ahí. Ese exceso de efusividad inicial está poniendo a los principales actores en su sitio hasta que se desarrollen los sistemas y usos necesarios en torno a ellos, a un precio justificado para el grueso de usuarios.

Las criptomonedas, ¿y el blockchain?

Pexels

De una cantidad inferior a la milésima de dólar en su primera valoración en la primera venta pública hacia finales de 2009 hasta los cerca de 20.000 dólares alcanzados en su máximo histórico hace ahora dos años, el bitcoin ha representado a la madre de todas las criptodivisas. Más de 1.300 en la actualidad, la realidad es que realmente muy pocas continúan realmente vivas.

Según datos recientes, apenas el 5% de las criptos cuentan con liquidez suficiente como para ser intercambiadas con normalidad en los mercados. Esto es, si quisieras comprar una cantidad relevante –de unos pocos miles de dólares–, no habría disponibilidad suficiente simplemente porque la gente no usa lo suficiente la inmensa mayoría de ellas.

En cuanto a la tecnología subyacente, el famoso blockchain, sí parece que tiene algo más de recorrido. De momento, no obstante, se encuentra en una situación similar a la de algunas de las tecnologías aquí mencionadas. Probablemente despegue todavía, pero todavía está muy lejos de hacerlo de forma relevante para las sociedades en su conjunto. Algunos usos relevantes actualmente en exploración son los llamados contratos inteligentes, el seguimiento de cadenas de suministro, aseguramiento e incluso como sistemas de almacenamiento o voto descentralizado.

Los primeros chatbots

Con el renacer de los sistemas de aprendizaje automático más modernos y potentes, una de las primeras ramas de la inteligencia artificial en despegar fue la del procesamiento del lenguaje. Ciertamente, algunos de los primeros chatbots eran más básicos que todo esto –básicamente autómatas con algunas funciones predefinidas–, pero esta segunda hornada de asistentes conversacionales se han hecho con el poder de buena parte de los servicios de atención al cliente.

Pero lo cierto es que estos sistemas siguen, a varios años de su masificación, fallando en aquellos casos en los que realmente hacen más falta. Cuando acudimos a ellos con un problema, suelen apuntar a las soluciones más sencillas y ya disponibles entre los recursos principales de la plataforma de turno.

Desde el auge en Facebook a las operadoras de telefonía, pasando por la banca y otros muchos sectores, estos pequeñas herramientas tienen tanto en su base el ahorro en recursos humanos como el origen de un buen pellizco de las startups de inteligencia artificial en el primer despliegue. O lo que es lo mismo: la automatización del trabajo de muchos por unos pocos que, todavía al menos, no están a la altura.

Windows RT, Windows S y… ¿Windows en ARM?

Microsoft

Además del gran fiasco como tercer sistema operativo móvil, Microsoft lo ha intentado por activa y por pasiva en la metamorfosis de su sistema operativo de escritorio hacia el futuro. La irrupción del tablet fue contundente y los de Redmond no se han querido quedar al margen. Windows RT llegó en 2011 como sistema más ligero para este tipo de dispositivos portátiles, con chips más eficientes –de smartphone–.

Este primer intento lo hacía sobre Windows 8 –otra gran derrota en sí misma–, y una disponibilidad de aplicaciones más bien limitada en su Surface y dispositivos de una selección de fabricantes. Tan pronto como dos años después, estos abandonaban el barco bajo la excusa de que este mercado “no parecía muy prometedor”. Eso mismo dijo Asus.

Microsoft volvió a intentarlo ya en 2017 con Windows 10 S. El sistema, llamado a ser más bien la competencia de los Chromebook de Google –atacando ahora al sector educativo–, ejecutaba únicamente las aplicaciones de la Windows Store, pero podía ser actualizado a la versión Pro con todas sus posibilidades. Este nuevo software fue descartado solo meses más tarde por un ‘S Mode’ del que poco más se ha vuelto a saber.

El último gran intento de Microsoft para llevar Windows a formatos más portátiles y autónomos pasa por hacer funcionar el sistema operativo de forma completa directamente en los procesadores ARM más recientes. En sus últimas versiones de Surface intentan ser compatibles, pero de nuevo chocan de bruces contra el mismo problema de siempre: la carencia de ecosistema y el coste extra de los desarrolladores para aterrizar.

Al menos, gracias a los móviles más potentes, cuentan –por segundo año– con procesadores a la altura de la mano de Qualcomm. Aunque eso sea más un mérito de la industria móvil por alcanzarles que de ellos mismos por adaptarse.+

Salir de la versión móvil