Tijuana, la solitaria

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Federico González Luna

El Financiero

El próximo 28 de mayo ocurrirá en Tijuana, Baja California, un hecho trascendente que para bien o para mal formará parte de la historia de la televisión mexicana.

Para ese día está programado, por primera vez en México, que se realice el “apagón analógico” de televisión abierta, lo que significa que a partir de las cero horas se apagarán los transmisores analógicos de todos los canales de televisión abierta de la ciudad. En sustitución de ellos, iniciarán inmediatamente después las transmisiones digitales (TDT) de, también, todos los canales de televisión abierta.

Las señales de la televisión abierta se verán con mejor calidad y las señales de audio se escucharán con calidad de disco compacto. Nuestro país avanzará en la tendencia tecnológica mundial hacia la digitalización de las transmisiones de televisión abierta encaminada a la liberación de la banda de 700 MHz, destinada a servicios de telecomunicaciones móviles de banda ancha.

Para el éxito del apagón analógico se requieren dos cosas: que todas las televisoras hagan sus transmisiones en formato digital y, por otra parte, que la audiencia esté preparada para recibir las nuevas señales digitales, lo que se consigue mediante la adquisición de un televisor digital o la instalación de un aparato decodificador que convierta las señales analógicas en digitales. Todo indica que en Tijuana ya está solucionado el problema de la transmisión, pero en cuanto a la recepción quizá la historia sea diferente.

Tijuana cuenta con 400 mil telehogares. Apenas en abril de 2012 se tenía que sólo 3.4 por ciento de los hogares de la ciudad que dependen únicamente del servicio de televisión abierta contaban con televisores capaces de recibir señales digitales. En unos cuantos meses de 2013 se instalaron (con recursos que estaban destinados a dar cobertura social de telecomunicaciones) miles de decodificadores, lo que según una encuesta contratada por la Cofetel, tuvo por resultado: a) que en 192 mil 60 hogares se instalara un decodificador y/o antena digital, y con ello b) que la penetración de TDT en los hogares que sólo reciben televisión abierta pasó de 3.4 a 93.08 por ciento.

Nadie en su sano juicio podría oponerse a la evolución tecnológica, a la televisión digital, pero hay una pregunta que no podemos dejar de formular: ¿Cuál era la necesidad de presionar tanto a la población tijuanense para llevar a cabo el apagón a fines de este mes si se trata de la primera y única plaza que en un horizonte de tiempo de por lo menos un año difícilmente será acompañada por otra ciudad del país?

Conforme al calendario de transición a la televisión digital, para noviembre de este año se había programado que también se realizara el apagón analógico en Mexicali, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo, Reynosa, Matamoros y Monterrey, cosa que no sucederá, por el simple hecho de que no existen recursos presupuestales autorizados ni tiempo para instalar simultáneamente más de un millón de decodificadores en tales ciudades.

Así, el apagón en Tijuana será una acción aislada, parte de una política pública desarticulada, tenaz al absurdo. Más parece una señal forzada, arrogante, a costa de esta solitaria población.

Es probable que la premura en hacer el apagón analógico ocasione deficiencias y hasta carencias del servicio innecesarias. Por lo pronto, el 7 de julio se celebrarán elecciones en el estado de Baja California y más de la mitad de los hogares (los que cuenten con señales de tv de paga satelitales y de cable) se quedarán sin recibir los mensajes televisivos locales, lo que genera un escenario absolutamente incierto en sus efectos políticos y jurídicos.

Esperemos que los resultados del apagón analógico sean exitosos, pero más allá de ello nos queda la preocupación del peso que a veces otorgan nuestras autoridades a los impactos mediáticos versus los sacrificios aislados, anticipados e innecesarios que imponen a la población.

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