Los últimos días de Weimar

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No pretendo justificar los errores del gobierno del presidente Peña Nieto, pero sí tomar un poco de distancia del ruido y la furia con que algunos titiriteros han montado un espectáculo de tintes apocalípticos para que esperemos llenos de fe al mesías que habrá de redimirnos. Para nadie es un secreto que el gobierno ha sido doblegado por las acciones de sabotaje contra la economía nacional emprendidas por la CNTE; para nadie debiera serlo que Telmex apoya a la CNTE y el ingeniero Slim a López Obrador. Tanto la CNTE como Telmex fueron afectadas por las reformas estructurales del presidente Peña Nieto y pretenden cobrárselo caro. El fin de semana, Francisco Hernández Juárez, el eterno y nada democrático líder de los telefonistas, declaró en conferencia de prensa que “Telmex ha dejado de invertir (…) debido a las reformas estructurales del gobierno que permite la utilización de su fibra óptica a empresas que no han invertido” (El Sol de México, 23 de julio del 2016), y expresó su apoyo a la CNTE.

Telmex y la CNTE, dos coletazos de los afectados por las reformas estructurales que pretenden implantar en la sociedad mexicana una permanente sensación de desasosiego. No perdonan la pérdida de privilegios, del mercado cerrado y protegido, la venta de plazas y el control de la nómina. No están dispuestos a competir para que gane el mejor. Por eso, el constante golpeteo al presidente y su gobierno; por eso Epigmenio Ibarra y Carmen Aristegui convenciendo a cuanto resentido hay de que a los desaparecidos de Iguala no los mató el crimen organizado coludido con gobiernos perredistas sino el mismísimo Peña Nieto y el Ejército. Para conocer más sobre los vínculos entre López Obrador, Epigmenio Ibarra, Carmen Aristegui y Carlos Slim, recomiendo las obras de Marco Levario Turcott y la revista Etcétera.

Pero el que el desasosiego en nuestro país sea en gran medida producto de una campaña orquestada por los intereses que fueron afectados por las reformas estructurales no quiere decir que no exista y no se esté expandiendo. De nada sirve una economía estable si cada mañana nos topamos con carreteras, ferrocarriles y aeropuertos bloqueados. Tampoco ayudan investigaciones ministeriales que nunca llegan a nada y que los muertos pasen al olvido mientras los culpables siguen impunes.

Sin duda, nubes de tormenta se ven en el horizonte.

El mundo se parece mucho a la fallida república de Weimar y los hombres libres parecen estar exhaustos de su libertad. Rabiosos salen a las calles a exigir el bozal que permita aliviar su desamparo. En el Reino Unido, en Medio Oriente, en Estados Unidos, en México, en tantas partes, la aldea se rebela contra la ciudad, las provincias contra la unión, la ignorancia y los temores ancestrales contra la razón y la ciencia.

Hoy, la libertad y el comercio globales parecen cerrarse en pequeños feudos de mansa servidumbre.

Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador son el mismo rostro con ropaje distinto. Ambos quieren una economía de provincia, cerrada a la competencia, en donde el clientelismo valga más que la productividad. Pretenden volver a un pasado mítico que nunca existió para restituir un orgullo que jamás se ha tenido. Apelan a la víscera, y, precisamente por ello, me temo que ganarán las elecciones. Cualquiera que esté resentido contra algo votará por ellos, simplemente por vengarse de aquella quimera culpable de su miseria.

Sobra mencionar que el triunfo de Trump y López Obrador derivaría en la más grande catástrofe económica de la que hayamos tenido noticia. La pérdida de las exportaciones a Estados Unidos implicaría, simple y llanamente, la quiebra de la industria mexicana, con el consecuente efecto dominó en el empleo y las finanzas, públicas y privadas.

Espero que aquellos que apuestan por el fracaso de Peña Nieto rectifiquen a tiempo. De la CNTE no espero nada, es claro que su ideología busca destruir el orden constitucional, pero confío en la sensatez de los demás actores.

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