Los coletazos del dinosaurio

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No es mi intención defender al gobierno del presidente Peña Nieto, pero ante la desazón de la sociedad mexicana cabe hacer una pausa y preguntarse los motivos que subyacen a la percepción generalizada sobre el mal desempeño del gobierno federal y el cúmulo de conflictos que parecen generarse en varias regiones y sectores del país. Desde que tengo memoria, ningún presidente ha sido tan atacado y ridiculizado desde tantos frentes. No cabe duda de que la corrupción irrita a la sociedad más que nunca, y qué bueno que así sea, pero ¿de verdad estamos frente al gobierno más corrupto en la historia de México? ¿Es cierto que el país carece de rumbo y vamos al despeñadero, como dice López Obrador? ¿Qué es percepción y qué es realidad?

La economía no va bien, pero de ninguna manera estamos en una crisis como las que vivimos cuando el gobierno gastaba de más y se endeudaba sin medida. Al final de los sexenios de Echeverría, López Portillo y Salinas, el país estaba prácticamente en quiebra; la inflación era de tres dígitos; las tasas de interés podían llegar a 600%; las hipotecas eran impagables y miles de empresas quebraron con el consecuente despido masivo de trabajadores.

Hoy tenemos la inflación más baja de la historia, los créditos bancarios son accesibles para muchos que anteriormente sólo podían verlos a la distancia, el mercado interno crece como no lo hacía desde hace más de 40 años. Es cierto que el incremento de la población exige crecer a mayores tasas y de manera más rápida, pero para bien o para mal esto ya no depende solamente de decisiones internas sino del crecimiento de Estados Unidos y del comportamiento global de la economía.

En materia de derechos humanos, ningún gobierno había sido tan monitoreado como éste, al grado de que parece atrincherarse en la permisividad antes que ejercer el monopolio legítimo de la fuerza, que es la razón de ser del Estado. Cualquier incidente parece ser magnificado de manera artificial. Ante el homicidio orquestado por gobernantes perredistas coludidos con el crimen organizado, grupos de interés político han logrado convencer a propios y extraños de que la orden la dio el jefe del Ejecutivo. Nunca antes hubo tantos medios para informarse y, paradójicamente, nunca antes la sociedad había estado tan desinformada.

¿Por qué, entonces, la animadversión hacia Enrique Peña Nieto? ¿Qué es lo que ha hecho y que nunca antes se hizo? La respuesta es clara: las reformas estructurales.

En una época de comunicación instantánea y sin filtros, en la que lo más absurdo es admitido como verdadero simplemente porque está en las redes sociales y en el Internet, donde no cabe el análisis sino la visceralidad de los trending topics, el presidente se está quedando solo. Sus antiguos aliados del Pacto por México, en lucha constante por el poder, lo abandonan para asociarse con los mismos intereses que todos ellos afectaron con las reformas.

Hoy vemos al sindicato de Telmex expresar su alianza con la CNTE, a grupos empresariales presionar para que se restituyan beneficios fiscales y a presidentes municipales en plena rebelión contra el Mando Único Policial que les quitaría poder y los enemistaría con el crimen organizado.

Era ingenuo pensar que los poderosísimos intereses afectados con las reformas educativa, de telecomunicaciones, energética y fiscal se iban a quedar con los brazos cruzados. Con una media sonrisa todos las aplaudieron y ahora pretenden revertirlas a costa de la estabilidad del país. Algunos utilizan su control corporativo para estrangular varios estados; otros, más sutiles, utilizan los medios de comunicación y las redes sociales.

Ante el embate, lo peor que puede hacer el presidente Peña es claudicar o quedarse a medias. Debe jugarse el resto para lograr que las reformas se cumplan a cabalidad, de otra forma el daño será irreversible y la medicina nos habrá salido peor que la enfermedad. Al pensar en las reformas y sus reacciones, me viene a la cabeza el fármacon de Derrida, que es veneno y cura a la vez.

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