El presidente en su laberinto. Tercera parte.

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2019-07-31

Tratemos de ser tan simplistas como el presidente López Obrador y expliquemos qué es la economía: la economía es la producción e intercambio de bienes y servicios. Punto. Para que se puedan intercambiar, alguien tiene que producir esos bienes o prestar esos servicios. La producción e intercambio de bienes y servicios puede ser eficiente o ineficiente, legal o ilegal, sustentable o no, pero de ninguna manera puede ser moral o inmoral, como fantasea López Obrador. Incluso cuando la producción e intercambio de ciertos productos pueda ser ilegal, como en el caso de algunas drogas, la economía no desaparece y estos se siguen produciendo e intercambiando aunque de manera ineficiente y delictiva. En este caso no es la economía la que comete los delitos, lo hacen las personas. La economía no es inmoral, lo son los delincuentes. Por eso es absurdo tratar de imponer cualificaciones morales a los hechos de la realidad.

Mientras la población aumente y la desigualdad social permanezca se requiere de crecimiento económico, es decir, de una mayor producción de bienes y servicios, de tal manera que estos permitan satisfacer las necesidades de un número creciente de personas y dotar de poder adquisitivo a los que se encuentran en situación de pobreza. La pobreza no se corrige quitándole a los que tienen para regalarlo a los que no tienen, simplemente porque de esa manera los individuos carecen de incentivos para producir. Si me sale más caro trabajar que no hacerlo, mejor no lo hago. Por eso los controles de precios fracasan siempre, y esto no es moral o inmoral, simplemente, es.

El único modelo económico que ha permitido sacar a poblaciones completas de la pobreza es el liberalismo. Un país es exitoso al combatir la pobreza cuando año con año la clase media crece y se expande. La clase media de hoy se equipara a la burguesía de los siglos XVIII y XIX en tanto que no debe su sustento a los favores del poder sino a su esfuerzo individual, ni le rinde vasallaje a nadie, llámese partido, sindicato, cárteles o mafias. No obstante, así como encuentro similitudes entre la burguesía y la clase media, también las encuentro entre la aristocracia latifundista y los monopolios y oligopolios nacionales y transnacionales. Creo coincidir con el presidente en estas comparaciones, y de ahí surge la aparente contradicción entre un presidente que se dice liberal pero acusa a los neoliberales de conservadores. Uno de los daños colaterales del neoliberalismo ha sido el fortalecimiento de los monopolios y oligopolios en perjuicio de las pequeñas y medianas empresas. Hoy, los monopolios y oligopolios son lo que fueron los aristócratas latifundistas, por ello no debemos confundir liberalismo con capitalismo. Recordemos que el liberalismo establece la preeminencia del individuo libre no solo frente al estado y las iglesias, sino frente a todo tipo de corporaciones que pretendan injerir en su libertad y su igualdad ante la ley.

En un verdadero liberalismo, la corporación más poderosa y el individuo más humilde tienen los mismos derechos e influencia en el sistema de justicia, y para salvar las diferencia económicas reales, la ley puede imponer mecanismos como las acciones colectivas y los daños punitivos. De igual manera, el estado liberal moderno, que López Obrador no entiende ni quiere entender, ha creado organismos reguladores y sancionadores en materia de competencia económica, energía, telecomunicaciones, banca, seguros y valores, transparencia, protección de datos, salud pública, educación, estadística y evaluación gubernamental, entre otros, cuyo objeto es precisamente limitar y corregir los excesos del liberalismo en la concentración de riqueza a través de prácticas monopólicas o fraudulentas. Es el liberalismo y sus contrapesos modernos para limitar a los monopolios y oligopolios, el único modelo que ha probado su efectividad a nivel mundial en la eliminación de la pobreza. La corrupción, por su parte, es un delito y como tal debe ser castigado, pero de ninguna manera es el fundamento de ningún modelo económico, por lo que hablar de una economía moral basada en la honestidad es un sinsentido, o, peor aún, una claudicación desde el poder a su obligación de procurar e impartir justicia. La economía no es moral pero siempre debe ser sustentable.

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