El 2 de julio

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2018-07-03

Después de una intensa etapa de campañas de los candidatos a la Presidencia de la República, y de una ejemplar jornada electoral el pasado domingo, los mexicanos atestiguamos lo que a muchos les ha costado tanto tiempo aceptar: que México vive bajo un régimen de democracia participativa efectiva. Ya todos sabemos, y con mucha satisfacción, que México no se derrumbó la noche del domingo pasado. Sí, ganó Andrés Manuel López Obrador, a quien antes que nada quiero felicitar por tan holgada victoria, al tiempo que le deseo un enorme éxito, por el bien de México.

Desde luego que no pongo en duda sus metas, las de reducir la desigualdad en México, disminuir los niveles de pobreza, lograr el objetivo de hacer de México un país más prospero donde su población sea más feliz. Yo también aspiro a que nuestro país logre año tras año mejores niveles de desarrollo, que se distinga por niveles de crecimiento de su economía muy por encima del promedio mundial y regional, donde cada mexicano tenga la oportunidad de obtener mejores ingresos, entre otras razones, porque ha tenido acceso a una educación de calidad, porque el Estado mexicano ha diseñado los mecanismos eficientes para mejorar la distribución del ingreso, para mejorar la dotación de capital humano y disminuir los niveles de pobreza.

Ahora bien, Andrés Manuel López Obrador asumió diversos compromisos que, analizados de manera simultánea, frente a una misma restricción presupuestal, constitucional, legal y del entorno internacional, parecería que son de difícil realización. Sin embargo, para fortuna de él y sus proyectos, logró que la presencia de su partido y sus aliados en ambas cámaras del Congreso de la Unión sea de tal tamaño que enfrentará condiciones mucho menos complicadas para poder materializar sus promesas, que las condiciones que gran parte de sus antecesores en el máximo cargo de responsabilidad de nuestro país enfrentaron en el momento que les correspondió la oportunidad de ejercer la primera magistratura de nuestro país.  En el terreno económico, las promesas de duplicar los apoyos a los adultos mayores, garantizar a todos los jóvenes mexicanos “el derecho al estudio y el derecho al trabajo”, lo que sea que sea que eso signifique, entre otros apoyos ofrecidos, sin duda representarán un gran desafío para las finanzas públicas. Ahora bien, es de reconocerse el esfuerzo de Andrés Manuel y su equipo para enviar un mensaje de tranquilidad a los inversionistas, nacionales e internacionales, en el sentido que se su gobierno privigeliará un entorno de finanzas públicas sanas, de responsabilidad fiscal, bajo el que además se honrarán los compromisos internacionales de nuestro país.

Aun cuando a lo largo de la etapa de campaña manifesté en este espacio una opinión contraria a ese tipo de gobierno asistencialista, que además se supone buscará incrementar su presencia o influencia en la economía mexicana, con el riesgo de desplazar la inversión privada y el impulso de la innovación, deseo sinceramente que el nuevo gobierno logre resolver esa duda que me ha impedido apoyar o juzgar positivamente ese tipo de enfoque de gobierno.

Desde luego que no puedo dejar de mencionar que México enfrenta grandes retos en materia de la lucha contra la corrupción. En esta tarea, no tengo duda alguna en expresar mi apoyo decidido a los esfuerzos de la administración de López Obrador para hacer frente a este grave problema, claro, sin dejar de expresar mis dudas en el sentido de que este problema se pueda resolver con el mero ejemplo.

Pero que no quepa duda, tengo claro el mandato que expresaron los mexicanos el domingo pasado. Tengo claro también lo que el 2 de julio significa para millones de mexicanos: un nuevo día en el que nuestro México se pueda transformar para que podamos aspirar a un mejor estado de bienestar, con mayor justicia social. Que así sea.

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