La ruptura en el PAN y la reforma en telecomunicaciones

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Gerardo Soria

El Economista

En los últimos días hemos vistos dos debates aparentemente inconexos pero que pudieran estar íntimamente relacionados.

Por un lado, diversos representantes de la industria destacaron que la creación de una nueva red de telecomunicaciones propiedad del gobierno y, por tanto, susceptible de operar con subsidios públicos, implica un contrasentido cuando uno de los principales objetivos de la reforma es promover la competencia. Más aún cuando monopolizará la totalidad del espectro en la banda de los 700 MHz, que es la mejor, desde un punto de vista técnico y económico, para las nuevas redes de cuarta generación o 4G. La reforma, al mismo tiempo que habla de competencia, establece una barrera absoluta de entrada para la competencia por dicha banda. Parece un contrasentido, y lo es.

Miguel Calderón, vicepresidente de Regulación de Telefónica Movistar, destacó, con toda razón, que la red mayorista de uso compartido que el gobierno federal habrá de construir como consecuencia de la reforma puede operar perfectamente con 30 de los 90 MHz que el gobierno monopolizará. Entonces, ¿por qué no licitar los 60 MHz restantes para que los operadores actuales puedan desplegar sus redes 4G y así hacer un uso más eficiente del espectro? ¿Por qué decidieron las cúpulas de los partidos que lo mejor para fomentar la competencia es crear un monopolio de estado?

Sin duda, algo que no gustó a las cúpulas que controlan a los partidos políticos, particularmente a la del PAN, fue que sus senadores convocaran a una serie de debates públicos sobre la reforma de telecomunicaciones, en donde los representantes de la industria y la academia hicieron notar las deficiencias de la reforma y propusieron alternativas. Los senadores hicieron algunos cambios, aunque no todos los que se requerían. Uno de los que no se pudieron hacer, básicamente por la insistencia de la cúpula del PAN, fue eliminar de la Constitución la camisa de fuerza que se le puso a la banda de los 700 MHz, de manera arbitraria y ciertamente con una deplorable técnica legislativa. Si esta banda llega a servir para otra cosa, tendremos que reformar la Constitución para ponernos al día con el avance tecnológico. Durante las consultas, Nextel fue elocuente al respecto. Pero ¿por qué tanta insistencia del PAN?

Aquí es precisamente donde se interconecta la ruptura en el PAN con la reforma en telecomunicaciones. Desde hace un par de semanas han salido a la luz pública las reuniones del presidente de la Cofetel, Mony de Swaan, con vendedores de la empresa china Huawei, que es el mayor proveedor de equipos para la banda de los 700 MHz bajo el estándar asiático, curiosamente adoptado por la Cofetel a pesar de nuestra amplísima frontera con Estados Unidos.

El señor De Swaan es íntimo colaborador de Juan Molinar Horcasitas, prominente panista que se coló al Consejo Rector del Pacto por México y que participó en la redacción, en lo oscurito, de la iniciativa de reforma. Se sabe también que uno de los puntos sobre los que el señor Molinar y el PAN más insistió fue en la obligación del estado de construir y operar una nueva red de telecomunicaciones con la totalidad de la banda de los 700 MHz y con el estándar asiático. Inversión que requiere por lo menos de 10,000 millones de dólares. De haberse hecho pública, en tiempo, esta presión del PAN, la industria hubiera tenido tiempo de reaccionar y quizá hubiera conseguido que se liciten los 60 MHz que sobran. Ahora parece muy tarde.

A los panistas que llevan el lápiz de las reformas no les gustó que los senadores de su propio partido consultaran a la sociedad de manera abierta sobre la reforma en telecomunicaciones. Por algún motivo les gusta trabajar en lo oscurito. Seguramente lo mismo está pasando con la redacción de la nueva ley convergente para telecomunicaciones y radiodifusión.

Hace un mes encontré en una elegante cantina de Polanco a Gustavo Madero, Santiago Creel y Javier Corral. No vi a Juan Molinar.

Probablemente el plato fuerte fue el senador Ernesto Cordero, quien había cometido el pecado de transparentar lo que se quería opaco.

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