Nuevo paradigma digital

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En los días del papel, la tinta, la radio y la TV, el gobierno diseminaba información y la ciudadanía podía periódicamente expresar opiniones simples a través del voto. Sin embargo, con el desarrollo exponencial de las redes sociales se ha complejizado el proceso de deliberación destruyendo las cuatro barreras para la participación plena: tiempo, escala, conocimiento y acceso.

En la época de lo instantáneo, se tiene el potencial de revitalizar el esquema de comunicación política, al inyectar elementos nuevos y diferentes en la relación entre representantes y representados, entre gobernantes y gobernados.

Vivimos una paradoja: somos ciudadanos del siglo XXI, interactuando con instituciones del siglo XIX que se basan en tecnología de la información y comunicación del siglo XV. En un sistema con altos costos de participación y en que la elección de autoridades no se traduce en mayor inclusión, ¿puede la ciudadanía expresar sus preocupaciones y deseos? O, en cambio, ¿está relegada a un rol de receptora pasiva de un monólogo?

Cuando el establishment no representa ni tiene capacidad de diálogo, crece el desencanto con la democracia. Observamos un aumento sin precedentes del fenómeno de la hipermovilización, resultado de un reclamo ciudadano por mayores resultados de las políticas públicas. Rápidamente transitamos del miedo a la autoridad al uso de la protesta como recurso para exigir mejores condiciones de vida.

Las presiones, desde abajo, para abrir el juego democrático han llevado a que la interacción del ciudadano con el Estado se comience a basar en nuevas formas de organización y comunicación. Es aquí donde las redes sociales han sido un elemento clave.

En América Latina y el Caribe, en poco más de una década, a partir de 2003, se han duplicado los usuarios de Internet. El 50.1% de la población, en 2014 con más de 700 millones de conexiones a telefonía móvil y más de 320 millones de usuarios únicos. Las únicas dos revoluciones de magnitud comparable a la que hoy vivimos han sido la Revolución Agrícola, hace tres mil años, y la Revolución Industrial, hace 300. La verdadera revolución, aquella que cambiará todo, está comenzando. Es la Revolución Digital, que promete traducir la realidad en bits de datos útiles. La Revolución Digital presenta una oportunidad para resignificar la democracia. Hablamos de más voces. Hablamos de más derechos. La democracia requiere una población informada. El renacimiento implica que se debe utilizar la tecnología con un propósito. Un elemento importante en la democracia es la conexión horizontal entre individuos y grupos.

BALANCE

Debemos garantizar la inclusión en este salto digital sin perpetuar las mismas instituciones excluyentes que estamos tratando de mejorar. Los ciudadanos, en particular los jóvenes, están tomando consciencia de que la arquitectura institucional de hace dos siglos, con tecnología aún más anticuada, no está a la altura de las circunstancias.

El viejo sistema político está perdiendo la capacidad de representar a estos nuevos ciudadanos. Se requiere de un nuevo paradigma. Uno que reclama inclusión y participación en una toma inteligente de decisiones. Tenemos una gran oportunidad para encontrar respuestas a los desafíos comunes en materia de democracia, derechos, seguridad y desarrollo.

Se precisa de un paradigma incluyente que conecte comunidades presenciales y virtuales basadas en intereses comunes y foros deliberativos para el contraste de ideas que ayuden a crear una nueva democracia, propia de la Revolución Digital. Se trata de promover mayor participación para una mejor representación.

Por vacaciones, esta columna volverá a publicarse hasta el 24 de agosto.

*Secretario para el Fortalecimiento de la Democracia de la OEA. Los puntos de vista son a título personal. No representan la posición de la OEA.

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