Amar una máquina, ¿pesadilla o sueño?

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La película 2001: una Odisea del Espacio estrenada en 1968 muestra la primera representación creíble de una inteligencia artificial. Con una voz suave y relajada la computadora HAL-9000 interactúa con los tripulantes de la nave espacial Discovery One hasta que cae en una especie de crisis paranoica con funestas consecuencias para sus contrapartes humanas. En el año 2013 el cineasta Spike Jonze dirige la película Her que describe a un hombre en una crisis emocional quien se enamora de su asistente digital llamada Samantha. En medio siglo hemos pasado del temor por las computadoras al más tórrido amor por las emociones que despierta la tecnología.

En un mundo donde la inteligencia artificial cobra creciente complejidad y es capaz de vencer a los humanos en juegos de estrategia como el ajedrez y el go, la posibilidad de desarrollar máquinas que respondan a nuestras emociones e incluso desarrollen emociones propias es un escenario cada vez menos descabellado. De hecho, ya existe una rama de las ciencias computacionales llamada computación afectiva destinada a crear sistemas digitales que puedan interpretar nuestras emociones e incluso emularlas.

Esta capacidad de las máquinas es posible gracias a la popularización de cámaras, micrófonos y sensores en dispositivos que usamos todos los días como teléfonos inteligentes, electrodomésticos y en un futuro muy próximo vehículos automotores. Todos ellos capaces de registrar nuestra voz y nuestra imagen para enviar la información a servidores remotos donde es analizada y desde donde se envían respuestas acordes. Es así como funcionan asistentes personales como Siri de Apple y Alexa de Amazon que al recibir comandos de voz como “comunícame con María” envían de regreso instrucciones para que el teléfono realice la comunicación solicitada con María.

Sin embargo, estos asistentes son apenas un esbozo de una evolución que apenas comenzamos a vislumbrar. El siguiente paso de esta revolución será la detección automática de nuestras emociones. Esta capacidad está siendo ya desarrollada por empresas como Microsoft, que desarrolla en denominado Project Oxford [ https://blogs.microsoft.com/ai/microsofts-project-oxford-helps-developers-build-more- intelligent-apps/ ] y que consiste en crear métodos matemáticos para identificar emociones complejas por medio del análisis y la detección de patrones en el tono, velocidad y volumen de la voz así como movimientos de los ojos e incluso del cuerpo.

Esta evolución tendrá profundas implicaciones para la privacidad personal pues a medida que usamos más dispositivos con capacidad para registrar información personal, será necesaria una mayor responsabilidad individual para controlar la información que tales sensores adquieren de una persona y cómo son gestionados los datos.

¿Qué queda en todo esto para el amor? De hecho, no es necesario viajar al futuro para ver que los humanos ya usamos tecnología como habilitador de nuestros sentimientos. De acuerdo con datos de The CIU, hasta el 36.5% de los internautas mexicanos hemos tenido alguna relación con alguien conocido por medio de una red social y somos usuarios de servicios como Tinder, Bumble, Happn y Grindr. Es claro que los mexicanos, como
todos los ciudadanos hemos abierto el corazón a la tecnología en nuestra búsqueda de amor, pero al hacerlo también ponemos nuestros datos personalísimos en manos de terceros de los que no se sabe muy bien cómo los protegen. Hoy el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) ofrece a los ciudadanos la protección de los llamados derechos ARCO (derechos de Acceso,
Rectificación, Cancelación y Oposición de nuestros datos personales en manos de terceros, aunque su rango de acción podría verse limitado en tanto muchas de estas empresas radican fuera del territorio nacional y no queda claro cómo categorizar el almacenamiento y procesamiento de información relacionada con las emociones y los
sentimientos. Esto sin mencionar lo incierto de la responsabilidad que el diseñador del robot o el sistema de inteligencia artificial en caso de que una relación emocional con este terminase mal o causase un daño psicológico a la contraparte humana.

Los humanos de carne y hueso usaremos la tecnología con mayor intensidad en la búsqueda de afecto e incluso ya se realizan eventos académicos [ http://loveandsexwithrobots.org/ ] donde se analizan las posibilidades del involucramiento emocional con todo tipo de máquinas. Incluso ya se han hecho algunos estudios sobre la respuesta emocional humana frente a la intimidad con robots [ https://core.ac.uk/download/pdf/155788060.pdf ] aunque en buena medida estos estudios están limitados por lo rudimentario de robots y sistemas de inteligencia artificial frente a la complejidad de los sentimientos humanos aunque es claro que esto cambiará en los años por venir con el desarrollo de tecnologías más sofisticadas capaces de emular convincentemente la apariencia y la repuesta emocional de un humano.

Queda claro es que estamos dispuestos a usar todos los medios a nuestro alcance en nuestra búsqueda incesante de amor: desde el poema escrito en un cuaderno hasta los sistemas de programación más sofisticados. Es un misterio saber hasta donde empujaremos nuestras fronteras para la satisfacción de nuestras necesidades emocionales. Pero que nadie se sorprenda si en algunas décadas en vez de llevar un ramo de flores a nuestra amada, le llevemos una expansión de memoria o un mejor procesador como sucede en la película Blade Runner 2049 [https://youtu.be/RL0gX1_NWTk?t=54 ].

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